Barrio Los Boscos: la iglesia San José Obrero y la fraternidad capuchina de Altza (4)

2021, 20 de Julio

Antxon Alfaro

La religiosidad de José Ramón Sesé hizo que la iglesia fuese un elemento clave en el diseño y construcción de Los Boscos. Esto también llevó a que la iglesia fuera el primer elemento de la nueva barriada que se inaugurase, ya que quería que el primero morador del nuevo barrio fuese el Santísimo en el sagrario de la iglesia.

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La nueva iglesia se inauguró el 23 de diciembre de 1967. Cornelio Berrondo párroco de la iglesia San Marcial, trasladó el Santísimo bajo palio y en procesión hasta el barrio Los Boscos. A continuación, el obispo de la diócesis Lorenzo Bereciartua, bendijo y consagró la nueva iglesia de San José Obrero.

Una gran parte del equipamiento de la iglesia fue obtenido gracias a diversas donaciones. El altar fue donado por el conde de Fuerteventura, José Luis Londaiz y de la Quintana, y sus hijos, en memoria y recuerdo de su esposa y madre, Isabel de la Plaza y Olace, que había fallecido un año antes. Hoy en día todavía se puede ver en el altar la placa que colocaron con este motivo el día de la inauguración de la iglesia. También las campanas fueron donadas por el conde de Fuerteventura y los bancos los donó la Caja de Ahorros Provincial de Gipuzkoa.

Desde el primer momento, la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos se hizo cargo de la nueva iglesia. Esto fue más por la ilusión y empeño de José Ramón Sesé que una iniciativa tomada en el seno de esa comunidad religiosa. La junta rectora de la cooperativa Los Boscos solicitó el 14 de enero de 1966 al obispo de la diócesis, antes incluso del inicio de la construcción de las viviendas, autorización para que la orden capuchina se hiciese cargo de la iglesia y de las obras sociales que se pretendían realizar.

El hermano capuchino José Luis Orella, de la fraternidad de San Sebastián, fue quien atendió durante el primer año y medio aproximadamente las funciones pastorales de la nueva iglesia. El 4 de octubre de 1969, festividad de San Francisco de Asís, da inicio su andadura la Fraternidad de Altza, con los hermanos José Luis Orella, como superior delegado, Antonio Balenciaga y Pedro Miguel Ezkerra.

El 2 de enero de 1970 se erigió como parroquia por decreto del obispo Jacinto Argaya. La marcha de la nueva parroquia se inició el 31 de enero de 1970, festividad de San Juan Bosco, con una misa concelebrada que fue presidida por el vicario general de la diócesis, José Elgarresta. La nueva parroquia San José Obrero atenderá a las necesidades religiosas de los barrios de Los Boscos, Oleta, Arri-Zar y Darieta, con una población de unas 3.000 personas. José Luis Orella será nombrado párroco, Pedro Miguel Ezkerra, coadjutor y Antonio Balenciaga, ayudante.

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En esa época, se les añadirían dos universitarios de Pamplona para compartir con ellos la vida y los trabajos apostólicos en el barrio. En el año 1973, José Luis Orella deja la parroquia y es nombrado párroco y superior de la fraternidad el padre Vicente Echeverría. También Antonio Balenciaga emprende una nueva experiencia en la leprosería de Trillo y en su lugar vino Miguel Angel Lizarraga. Este hermano no permaneció mucho tiempo en la fraternidad, ya que tuvo que huir debido a la persecución policial que sufrió por su implicación en las huelgas organizadas en la fábrica en la que trabajaba.

En el año 1976, pasan a formar parte de la fraternidad los postnovicios Juan Pedro Goienetxe, Vicente Sarriés y Fernando Arburua.

A principios de la década de los 80, la continuación de la fraternidad se hace cada vez más problemática. Uno de los hermanos deja la orden. Fernando Arburua es detenido y encarcelado. Meses después también sería detenido Vicente Sarriés. Apelando falta de personal, el 11 de agosto de 1981, deja de existir oficialmente la fraternidad de Altza, aunque los padres José Balenciaga y Vicente Echeverría seguirán ofreciendo los servicios parroquiales hasta el 30 de junio de 1982, cuando se entregó definitivamente la parroquia al Obispado.

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Durante los 15 años de permanencia en la parroquia de San Jose Obrero, los hermanos capuchinos de la fraternidad de Altza, realizaron además de las funciones pastorales  otra serie de actividades con una perspectiva más de tipo social.

Entre estas habría que destacar por su duración y su repercusión social la puesta en marcha en 1970 de un cine en la segunda planta del edificio de la iglesia. En aquellos años no había en la zona ninguna actividad dirigida a los y las más pequeños y Joaquín, joven navarro, que vivía en la fraternidad de Altza, lo puso en marcha y se responsabilizó durante más de 5 años de que todos los fines de semana el cine infantil funcionase.

Para habilitar el cine se trajeron en un primer momento unas butacas de madera cedidas por el colegio de Lecaroz (Nafarroa). Más tarde se compraron alrededor de un centenar de un cine que había en el barrio de Loyola de Donostia, en lo que sería después la discoteca Gurea. Varios vecinos, como Marcelino Larraz o José Mari Aramburu, colaboraron en el acondicionamiento del local.

Aunque el local no reunía unas buenas condiciones higiénicas ni de seguridad, era la única alternativa para la tarde de los domingos de la chavalería de la zona. Había dos sesiones, con una media de 300 niños y niñas por sesión. Estos se repartían por las casi 100 butacas existentes, unos bancos corridos que se ponían delante, y tras estos unas alfombras en el suelo para los y las más pequeños. Para organizar la entrada al cine se hacían en la calle tres filas orientadas en diferentes direcciones. Al principio la entrada tenía un coste de un duro (5 pesetas), al cabo de unos cinco años se subió a 10 pesetas y en los últimos años se cobraban ya 25 pesetas.

Además de las dos sesiones infantiles de los domingos, durante algún tiempo se abrió el cine también los sábados a la noche para jóvenes y adultos. Así mismo, un grupo de jóvenes organizados alrededor de la parroquia pusieron en marcha durante varios años un cineclub donde tras la proyección de la película se abría un debate sobre la misma. El cine durante la semana servía como espacio para desarrollar diferentes actividades sociales y culturales (grupos de dantza, teatro infantil, ensayos musicales, charlas, local de reuniones…)

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La puesta en marcha todos los domingos del cine suponía un gran esfuerzo y dedicación, que en los primeros años fue asumido por un grupo de jóvenes, pero cuando estos lo fueron dejando, los propios capuchinos asumieron esta responsabilidad hasta que al comienzo de la década de los 80 el cine se cerró. A las dificultades internas en la fraternidad, había que unirle la generalización de la televisión en los hogares, como un elemento que ya competía con el cine.

Dirigido también a los y las más jóvenes pusieron en marcha en el bajo de la casa nº 3 del barrio Los Boscos un centro juvenil con el fin de desarrollar actividades recreativas y culturales después de la jornada escolar. Para ello, contaron con la colaboración de varios seminaristas de la orden de los jesuitas que vivían en Rentería. Acondicionaron el local con unos futbolines, juegos de mesa y una biblioteca con libros donados por la Diputación. Al cabo de unos años surgieron problemas por la gestión del centro entre la parroquia y un grupo de padres. Tras un tiempo de búsqueda de soluciones el local se cerró definitivamente en el verano de 1972.

Continuando con esta labor unos años más tarde, en torno a la parroquia se organizaron un grupo de jóvenes que desarrollaron diferentes actividades culturales y de tiempo libre con los y las más pequeños. Entre estas actividades podemos señalar la puesta en marcha de un grupo de teatro infantil, salidas montañeras, acampadas, del cineclub ya comentado, o de un Olentzero que recorría las calles del entorno.

En la misma línea de ofrecer alternativas de ocio en un entorno sin este tipo de servicios, desde la parroquia se planteó un proyecto de pistas polideportivas en unos terrenos de Odriozola y Berridi que rodeaban a Los Boscos. Habían conseguido recursos y colaboración vecinal para llevarlo a delante, pero como recordaba Pedro Miguel Ezkerra, desde la junta de la cooperativa se desechó la propuesta.

También en otros ámbitos, como el asistencial, la labor de los miembros de la fraternidad fue muy intensa. En relación al desarrollo del euskara, hay que señalar también, la labor en especial de Pedro Miguel Ezkerra en la puesta en marcha de dos aulas de la ikastola para alumnos y alumnas de párvulos en uno de los bajos de Los Boscos, dando la parroquia un paraguas legal a este centro. Para los más adultos también se puso en marcha una Gau eskola.

Para finalizar, y siendo consciente de la imposibilidad de recoger la ingente labor realizada por los capuchinos en esta zona de Altza, señalar la implicación directa o indirectamente en la intensa actividad social y política que se vivió en aquellos últimos años del franquismo y post franquismo. Muchos y muchas recordarán las reuniones y asambleas clandestinas realizadas en los locales de la parroquia. Esta implicación, además de los riesgos que suponía, llevó a situaciones bastante tensas con vecinos y vecinas que rechazaban cualquier implicación social o política de la iglesia.

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